Capítulo XIII

La verdad sobre Sancho Panza

Franz Kafka

 

Al correr de los años, y gracias a una gran cantidad de novelas caballerescas y picarescas leídas en las horas vespertinas y nocturnas, Sancho Panza –quien por lo demás nunca se vanaglorió de ello– consiguió despistar de tal modo a su demonio –al que luego daría el nombre de Don Quijote–, que éste acometió como barco sin remos las más locas hazañas, las cuales, no obstante, por falta de un objeto predestinado –que justamente hubiera debido ser Sancho Panza–, a nadie perjudicaron. Sancho Panza, un hombre libre, acompañó sereno a Don Quijote en sus andanzas, quizás por un cierto sentido de la responsabilidad, y obtuvo de ello una muy grande y útil diversión, hasta el fin de sus días.

 

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La verdad sobre La verdad sobre Sancho Panza

 

 

Die Wahrheit über Sancho Pansa

 

Sancho Pansa, der sich übrigens dessen nie gerühmt hat, gelang es im Laufe der Jahre, durch Beistellung einer Menge Ritter- und Räuberromane in den Abend- und Nachtstunden seinen Teufel, dem er später den Namen Don Quixote gab, derart von sich abzulenken, daß dieser dann haltlos die verrücktesten Taten aufführte, die aber mangels eines vorbestimmten Gegenstandes, der eben Sancho Pansa hätte sein sollen, niemandem schadeten. Sancho Pansa, ein freier Mann, folgte gleichmütig, vielleicht aus einem gewissen Verantwortlichkeitsgefühl, dem Don Quixote auf seinen Zügen und hatte davon eine große und nützliche Unterhaltung bis an sein Ende.

 

Si uno busca el cuento en internet, es muy probable que se encuentre con una traducción que diga “…mediante la composición de cierta cantidad de novelas de caballería y de bandoleros”. ¡Y no es eso lo que escribió Kafka! Lo que escribió fue: “…mediante la provisión (beistellung) de cierta cantidad de novelas de caballería y de bandoleros”. Y provisión, aquí, se entiende como la acumulación y la lectura de lo acumulado. Es atractivo pensar que Kafka hace de Sancho escritor de novelas de caballería; pero no es eso lo que Kafka escribió, sino algo más hermoso.

 

Me quedo, pues, con la cuidada traducción de Ricardo Bada, quien nació en Huelva, España (1939), pero que radica en Alemania desde 1963.

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Capítulo XII

¡Dulcinea existe, claro que existe! Cuidado con el bisoño profesor de Bachillerato que afirma, satisfecho de su propia pobreza, que esta mujer no existe, porque tal afirmación querrá decir, entonces, que quien no existe es el profesor, ni como tal ni como lector, y que es muy probable que el farsante no haya pasado de los primeros capítulos de la novela. Cuidado con los estudiosos y críticos que insisten en la inexistencia de Dulcinea, pues ese credo es un insulto a la inteligencia del Furibundo León Manchado (así llama el barbero a don Quijote, para darle por su lado).

¡Dulcinea existe, claro que existe! Se llama Aldonza y es hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales. A fe de Sancho, ella es ágil, fuerte, inteligente, valiente, robusta, de fuerte voz y de muy buen humor (entre las líneas de su descripción, el escudero sugiere que la muchacha es medio puta o de cascos ligeros, pero no tiene caso abundar en ello, por ahora). Por ser hija de quien es, en El Toboso la llaman Aldonza Lorenzo. Alonso Quijana la ha amado durante doce años, aunque en ese lapso sólo la ha visto cuatro veces; y desde que se convirtió en don Quijote de la Mancha, la llama Dulcinea del Toboso. Es muy probable que Aldonza sea morisca.

En cierto momento, cuando el Quijote decide hacer penitencia, Sancho Panza recibe de su señor la encomienda de llegar al Toboso y entregar una carta a Dulcinea, cosa que no sucede, pues se topa con el cura y el barbero. Sin embargo, la desbordada imaginación del escudero le permite a éste inventar un encuentro, articulado con la memoria que tiene de la verdadera Aldonza. Así que, sospechando que tales invenciones no están lejos de la realidad, digamos que entre las tareas de Aldonza está la de limpiar el trigo, que la mujer es analfabeta y que despide un aroma hombruno provocado por esfuerzo de la criba.

(Debo señalar que estas últimas descripciones que Sancho hace de Aldonza las reencontré gracias a que mi amigo Octavio Herrero me escribió para señalarme el uso de la frase “luego luego” en el Quijote, locución adverbial que muchos consideran un mexicanismo. Pues sucede que no es así y que fue común su uso en el español del siglo XVI, a juzgar por su presencia constante en la novela de Cervantes: la ubico tanto en voz de Sancho, en el capítulo XXXI, como en voz del Quijote, en el último capítulo de la primera parte.)

Sin embargo y contrariamente a lo que estamos acostumbrados a pensar y decir, el Quijote no se engaña, sabe quién es Dulcinea: Bástame a mí pensar y creer que la buena Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta (…) y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo.

Lo anterior no es cualquier cosa, sino que define muy claramente la locura del Quijote: es una imaginación controlada, administrada, voluntaria. No estamos, pues, ante alguien fuera de sí sino ante un ser ensimismado que distingue la distancia que hay entre el mundo y su mundo, y que ha decidido hacer de sus deseos y de sus sueños realidades: Yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola (a Dulcinea) en mi imaginación como la deseo (…) y diga cada uno lo que quisiere.

Volvemos al enunciado quijotesco que es fundamento de la filosofía radical de este caballero andante: Yo sé quién soy. A partir de esta premisa, las aventuras de Alonso Quijana cobran un sentido humanista: este hombre no está loco, este hombre es el principio de la modernidad, entendida ésta como el asalto de la conciencia a la esencia impuesta: soy lo que quiero ser.

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Capítulo XI

 

 

 

Il y a des hommes océans en effet.

Víctor Hugo


 

Este próximo 23 de abril se cumplen cuatrocientos años de la desaparición física de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) y William Shakespeare (1564-1616). La coincidencia temporal, sin embargo, está forzada por la admiración y la veneración que algunos profesamos por ambos personajes (y por varias de sus criaturas, por supuesto).

 

Fue Víctor Hugo quien nos convenció de tan encantadora casualidad. El 23 de abril de 1616 murió (William Shakespeare). En el mismo día (…) murió Cervantes, genio de la misma talla, escribe Hugo en su ensayo biográfico William Shakespeare (1864). Pero el gran poeta y novelista francés olvida que a principios del siglo XVII, España e Inglaterra se manejaban con calendarios diferentes.

 

Envueltos en halos de leyenda, pero iluminados por la grandeza de sus respectivas obras, el Cisne del Avon y el Regocijo de las Musas murieron con un ligero desfase de fechas: el primero cruzó la laguna Estigia el 23 de abril de 1616 del calendario juliano; el segundo fue enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas el sábado 23 de abril de 1616 del calendario gregoriano (promulgado en la bula papal Inter gravissimas treinta años antes).

 

El mote de Cisne del Avon fue puesto a Shakespeare por Ben Jonson, quizá con cierta malicia. En cuanto a Cervantes, he preferido referirme a él con el sobrenombre puesto por el estudiante que aparece al principio de Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

 

Dicho de otra manera: conforme al calendario gregoriano, el autor de Hamlet conoció a Caronte el martes 3 de mayo de 1616, diez días antes de que lo hiciera el autor de La Galatea. Estamos hablando, entonces, de un intervalo que no debilita la imagen que deseamos contemplar: dos hombres-océano, William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra, parten juntos hacia la eternidad de la memoria universal. 

 

Que se nos perdone esta necedad, para poder describir una segunda imagen: la nuestra. Somos todos hijos de Cervantes y de Shakespeare. Preguntemos, en caso de duda, a seis descendientes directos: Laurence Sterne, Heinrich Heine, Fiodor Dostoievski, Miguel de Unamuno, Ítalo Calvino e Iván Turguénev.

 

1. En Diario de un escritor, Dostoievski escribe: Don Quijote es (un libro) del número de los eternos, de esos que sólo de tarde en tarde se ve gratificada la humanidad. Este libro, el más triste de todos, no olvidará el hombre llevarlo consigo el día del Juicio Final.

 

2. Sterne, por su parte, encuentra en Cervantes, en el Quijote y en el mismo Rocinante sus más altos modelos para componer Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy.

 

3. Y Turguénev, después de lamentarse de no contar con una buena traducción al ruso de la novela de Cervantes (lo dice en 1860), escribe un intenso análisis comparativo sobre Hamlet y el Quijote, porque “somos de la opinión de que todas las personas pertenecen, en mayor o menor medida, a uno de esos dos modelos”.

 

4. No quiero olvidar a mi admirado Miguel de Unamuno, quien luchó (casi en serio) por la canonización del Caballero de la Triste Figura.

 

5. Tampoco dejaré de mencionar la semejanza entre el Quijote y la parte buena de Medardo de Terralba, en el Vizconde Demediado, del siempre necesario Ítalo Calvino.

 

6. Recomiendo, por otro lado, la lectura del conmovedor prólogo que Heine escribió para una nueva traducción al alemán del Quijote, en 1837. En dicho prólogo, el poeta nos describe las diversas emociones experimentadas durante sus muchas lecturas de la novela (en la infancia, en la adolescencia y en la primera juventud), la primera de ellas a los trece años de edad (1810):  “…y casi se me partió el alma cuando leí que el bravo caballero, molido y aturdido, rodaba por los suelos, y que, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba (…)”, se encomendaba a Dulcinea y rogaba al Caballero de la Blanca Luna (Sansón Carrasco) que hundiera su lanza y le quitara la vida (pues me has quitado la honra).

 

7. Por su parte, el lúcido antropólogo y lingüista mexicano Daniel Cazés Menache (1939-2012) publicó en el número 87 de la Revista de la Universidad de México (2011) un artículo devastador sobre el Quijote, que tira por la borda nuestra visión romántica del ingenioso hidalgo, a la vez que reivindica  la genial pluma de Cervantes, a quien acostumbramos ignorar mientras veneramos al encantador andante, un reflejo éste, afirma Cazés, de “las características más nefastas de su tiempo” (llega el crítico a calificarlo incluso de siniestro, y señala que nunca ha hallado en él ese tan mentado paradigma del desinterés ni razón alguna para mostrarlo como ideal del ser humano). Alonso Quijana es –nos señala Cazés- un propietario rural venido a menos, con arrebatos de autoritarismo y violencia que le sirven para controlar a las personas y para fortalecer la idea que tiene de sí mismo. Don Alonso está  “convencido de su poder señorial sobre las personas a quienes controla”, y niega cualquier realidad que no sea la suya. Es un impulsivo, un iracundo, alguien que busca la sumisión de los otros. ¿Qué diferencia hay entre el Quijote y Pedro Páramo? Que sea nuestra lectura personal la encargada de responder. Sea como sea, Cazés Menache también es hijo de Cervantes.

 

Somos hijos que en estos días de abril veremos partir a dos de nuestros padres espirituales, otra vez, desde el ritual de nuestros afectos: los miramos como se mira el mar desde la playa, como se mira esa dichosa aporía que es el vaivén del mar; y es entonces, como siempre, que entendemos las cosas: Shakespeare y Cervantes están vivos. Para comprobarlo, basta mirarnos en cualquier espejo.

 

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Capítulo X

La Tempestad, de William Shakespeare, fue representada por vez primera en 1611. Sin embargo, el erudito del siglo XVIII Edmond Malone afirma que la obra es de 1612. En cualquier caso, estamos ante una pieza escrita en un tiempo posterior a la primera parte del Quijote y anterior a la segunda.

 

El Quijote y Próspero son dos lectores voraces: por leer, el primero pierde la razón y el segundo pierde el poder. Ambos ganan un mundo nuevo, el de su propia imaginación.

 

Transcribo aquí un pasaje de la segunda escena del tercer acto. Calibán propone a Esteban matar a Próspero, para retomar el poder de la isla . Las palabras del hijo de Sycorax me hacen pensar inmediatamente en el Quijote y en el esfuerzo del cura, el barbero, su joven sobrina y el ama cuarentona por vencerlo arrebatándole sus libros (Próspero, como el Quijote, sigue embebido en la lectura de sus muchos volúmenes, en este caso libros del trívium y el cuadrívium, tan absorbido como lo estuvo doce años antes, cuando -por esa locura- perdió el ducado de Milán). El amor paternal de Próspero por su hija (Miranda) me evoca el amor platónico del Quijote por Dulcinea del Toboso. Escuchemos a Calibán:

 

Pues, como te decía, acostumbra a dormir la siesta. Por lo cual te será posible romperle el cerebro, tras apoderarte primero de sus libros, o con un bastón hendirle el cráneo, o despanzurrarle con una estaca, o cortarle la traquearteria con tu cuchillo. Acuérdate sobre todo de cogerle los libros, porque sin ellos no es sino un tonto como yo, ni tiene genio alguno que le sirva. Todos los odian tan profundamente como yo.  Quema tan sólo sus volúmenes; él posee excelentes utensilios –pues así los denomina-, que encerrará en su casa cuando disponga de una. Pero lo más digno de consideración es la belleza de su hija, a quien él mismo llama incomparable. Nunca he visto una mujer, con las únicas excepciones de Sycorax, mi madre, y ella; pero sobrepasa a Sycorax como lo grande a lo pequeño.

 

Why, as I told thee, 'tis a custom with him, I' th' afternoon to sleep: there thou mayst brain him, having first seized his books, or with a log batter his skull, or paunch him with a stake, or cut his wezand with thy knife. Remember first to possess his books; for without them he's but a sot, as I am, nor hath not, one spirit to command: they all do hate him as rootedly as I. Burn but his books. He has brave utensils --for so he calls them-- which when he has a house, he'll deck withal, and that most deeply to consider is the beauty of his daughter; he himself calls her a nonpareil: I never saw a woman, but only Sycorax my dam and she; but she as far surpasseth Sycorax as great'st does least.

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Capítulo IX

Antes de encontrarse con los manuscritos de Cide Hamete Benengeli, el narrador cuenta las cosas como si él las hubiera hallado en otros escritos (por eso él se autodefine como segundo narrador); pero esos primeros textos no los conocemos más que por lo que de ellos nos dice ese segundo narrador.

¿Es Cervantes el segundo narrador?

No, el segundo narrador es un personaje: un lector privilegiado de las aventuras del Quijote, un lector que nos acerca, con su voz, a lo que otros han contado, como Cide Hamete Benengeli, los fantasmales primeros narradores y varios personajes de la novela: Pedro, el cabrero que cuenta la historia de Grisóstomo y Marcela; Sancho Panza mismo, que cuenta a medias la historia de Lope Ruiz y la pastora Torralba; Ginés de Pasamonte, Cardenio, Dorotea…

Nunca leemos a Cide Hamete Benengeli directamente, siempre lo hacemos por la voz del segundo narrador. Hay, además, un intermediario entre Hamete Benengeli y el segundo narrador: el moro bilingüe de Toledo, que traduce los papeles del árabe al español.

Digo que el segundo narrador no es Cervantes porque Cervantes es –como todo autor real- omnisciente, mientras que el segundo narrador sólo conoce lo que ha encontrado en otros, de cuyas narraciones depende todo lo que nos cuenta.

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Capítulo VIII

Carta a don Federico Ortés

 

Me he encontrado con su bitácora esta mañana y ahora, a media tarde, sigo leyéndola con el corazón salido del cuerpo y con fuertes emociones (ya ni qué decir de la tormenta que sucede dentro de mi cabeza). Tengo, aquí, en la pantalla de mi computadora, abiertas varias páginas, entre ellas su bitácora, la cual incluye el Relato del Peregrino, la autobiografía que Ignacio de Loyola dictó a Luis González de Cámara. No he terminado de explorarla, así que no sé si lo que voy a comentarle ya lo había usted detectado: al leer sobre la pierna destrozada del joven Ignacio y su recuperación, y sobre aquello de que "llegando a un pueblo grande antes de Monserrate (…) compró también unas esparteñas (…); y esto no por ceremonia, sino porque la una pierna llevaba toda ligada con una venda y algo maltratada; tanto que, aunque iba a caballo, cada noche la hallaba hinchada: este pie le pareció era necesario llevar calzado", he recordado inmediatamente que la palabra "quijote" se refiere originalmente -como anota Francisco Rico- a una pieza de la armadura que cubría el muslo…

 

¿Exagero en relacionar una cosa con la otra? ¿Me estoy volviendo loco? ¿O ya había usted observado esto? Perdone mi molestia y mi atrevimiento. Escribo desde México, tengo sesenta años (diez más que el Quijote en su "locura") y leo a Cervantes desde los 12 años de edad, pero hasta ahora mis lecturas habían sido sólo las del placer que nos ofrece Cervantes con su escritura prodigiosa. Apenas hallada y leída a saltos su bitácora, quedé embebido, como si tuviera doce años de edad.

 

Respuesta de don Federico Ortés

 

Muchas gracias, don Agustín, por sus emotivas y sentidas palabras. Deseo felicitarle por su intuitiva apreciación al relacionar la pierna fajada con el sobrenombre de don Quijote. Yo llegué a la misma conclusión, como puede leer, si le apetece, en el comentario sobre el capítulo uno.

 

Lo realmente interesante de este “descubrimiento” es que queda mucho por hacer y que, con sólo un mínimo interés y gusto por la obra de Cervantes pueden aportarse nuevas apreciaciones que irán completando el puzzle casi infinito de interrelaciones creado por nuestro admirado escritor.

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Capítulo VII

 

En tiempos del Quijote, la moneda de uso común era el maravedí. 34 maravedíes hacían un real (400 maravedíes hacían un escudo, y al medio maravedí se le llamaba "blanca"). Con un real podía uno adquirir una hogaza de pan, una libra (medio kilo) de carne o media gallina.

Es en el alcaná de Toledo donde el narrador compra por medio real un cartapacio lleno de papeles con escritura árabe. Curioso y aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, dicho narrador contrata a un moro para traducir los manuscritos por dos arrobas de pasas y tres fanegas de trigo (con pasas y trigo se prepara el cuscús).

Una arroba equivale a 11.5 kilogramos, así que estamos hablando de 23 kilos de pasas. Si hoy un kilo de pasas cuesta 60 pesos, las dos arrobas de pasas equivalen a 1,380 pesos (permítaseme este atrevido salto de la economía del siglo XVII a la economía del siglo XXI).

Una fanega de trigo equivale a 43.2 kilogramos, así que estamos hablando de 129.6 kilos. Si hoy un kilo de trigo está en 3 pesos, las tres fanegas son 388.80 pesos.

En caso de que mis cuentas sean correctas, los escritos de Cide Hamete Benengeli  costaron al narrador, en números redondos, 1,780 pesos (diez pesos del cartapacio y 1,770 de la traducción del árabe al español), un verdadero regalo, como seguramente me dirá mi sobrina Luz Elena Videgaray Aguilar, quien leerá los primeros capítulos de esta bitácora mía durante su estadía en Montpellier, Francia.

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Capítulo VI

Cada hombre ha olvidado quién es –escribe Chesterton en Ortodoxia- (…), el yo es más remoto que cualquier estrella (…). Todos hemos olvidado nuestros nombres. Todos hemos olvidado lo que somos.

 

Todos, digo yo, todos menos el Caballero de la Triste Figura.

 

Yo sé quién soy, afirma don Quijote con indignado fastidio cuando Pedro Alonso se atreve a negar su identidad. Y la afirmación tiene el tono de la proclama: ¡Yo sé quién soy!

 

Él sabe quién es desde el momento en que quiere ser lo que ahora es, desde el instante en que asume su libertad y decide ser un caballero andante. Él sabe quién es porque ha tomado por asalto la realidad con las armas de su propia imaginación.

 

La arrogancia del Quijote no es, sin embargo, la misma que la de Humpty Dumpty en el capítulo 6 de Alicia a través del espejo (Cuando yo uso una palabra, esa palabra quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos), porque la postura del homovo carroliano (o también la del Greedy Humpty Dumpty de Dave Fleisher en 1936) es la de un tirano:

 

La cuestión –insistió Alicia-, la cuestión es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes…

 

La cuestión –zanjó Humpty Dumpty- es quién es el que manda. Eso es todo.

 

Don Quijote de la Mancha no es Humpty Dumpty, no es un déspota, no es un autócrata, no habla desde el poder. Habla desde el deseo.

 

NOTA. Hay en la biblioteca digital Questia un ensayo que podría enriquecer este capítulo. La autora es María Luisa Lugo Acevedo, catedrática del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. El texto es un análisis sobre la construcción de la identidad de don Quijote a partir del "Yo sé quién soy" de nuestro héroe. Desafortunadamente, para leerlo completo es necesario suscribirse a la biblioteca, cosa que haré ahora que tenga dinero.

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Capítulo V

Fue a mediados de los años noventa del siglo pasado cuando, en el comedor de casa de mis padres, me senté con mis sobrinas Luz Elena y Emilia para leerles en voz alta un cuento morisco del siglo XVI: El Abencerraje y la hermosa Jarifa. Ellas, niñas aún, a punto de salir de la pubertad, escucharon atentas y conmovidas la versión de Antonio de Villegas (1565), escucharon en silencio y pudieron imaginar al hermoso y valiente Abencerraje, montado en su caballo ruano y con vestiduras color carmesí. Puedo sospechar, incluso, que los corazones de Luz Elena y Emilia quedaron prendidos de Abindarráez, que éste es el nombre del Abencerraje, y soñaron que eran ellas y no Jarifa la mujer tatuada en el brazo del caballero; escucharon y entendieron, además, que estábamos ante un retrato de la nobleza humana que trasciende diferencias y enemistades: Rodrigo de Narváez lleva prisionero al herido Abindarráez, pero al escuchar de su amor por Jarifa y al saber que, precisamente, antes de apresarlo, el moro iba camino a encontrarse con su amada, el cristiano (alcalde de Álora) ofrece dejarlo en libertad para que llegue a su destino, siempre y cuando después regrese a Álora a cumplir con su prisión. Y sigue la historia, hasta llegar a un feliz desenlace: la boda de Abindarráez y Jarifa, con la bendición de moros y cristianos.

 

Esos cuarentaicinco minutos de lectura en voz alta quedaron en mi memoria y aún hoy los recuerdo con dulzura.

 

Don Quijote trae a colación la historia de Abindarráez para compararse con él en la desgracia y en el miedo a perder a su bien amada. Por eso y para asemejarse, nuestro caballero andante elige un momento preciso: aquel en el que, después de haber sido apaleado por un mozo de mulas, lo encuentra el labrador Pedro Alonso.

 

Al hallarlo golpeado y malherido, Pedro Alonso lo coloca en su burro para regresarlo a su casa (porque lo reconoce). Pero en el camino escucha el suspiro entrecortado y lastimero de don Quijote, así que le pregunta que qué mal siente tan en lo profundo de su alma. Nuestro héroe recuerda al moro Abindarráez, igualmente golpeado y malherido; lo recuerda llevado preso por Rodrigo de Narváez, quien, como el labrador a don Quijote, pregunta al abencerraje por el motivo de su tristeza.

 

De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez…

 

La versión leída por Alonso Quijano es la de Jorge de Montemayor, que no encuentro en la red, así que utilizaré la de Antonio de Villegas (que fue la que yo leí a mis sobrinas), para transcribir el pasaje al que se refiere don Quijote:

 

-Caballero, date por vencido, si no, matarte he.

 

Matarme bien podrás –dijo el moro-, que en tu poder me tienes; mas no podrá vencerme sino quien una vez me venció.

 

Con ese mismo espíritu, don Quijote reconoce en Dulcinea al único ser que en verdad lo ha vencido. Por lo mismo, todos los peligros que vive y todos los golpes que su cuerpo padece, nada son frente a la herida profunda del amor.

 

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Capítulo IV

“Que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de la tripas.”

Hambriento y cansado, don Quijote llega, por el campo de Montiel (comarca de La Mancha situada entre Ciudad Real y Albacete) a una venta al anochecer de aquel caluroso viernes de julio en que decide salir por vez primera a corregir las injusticias del mundo.

Después de los graciosos momentos de su llegada y de comer y beber con la asistencia de dos rameras (la Tolosa y la Molinera), el dueño de la posada, un andaluz gordo y pacífico, le hace entender que no puede andar en esas andanzas sin dinero (con un argumento que escucharemos repetidamente y para diversos casos: que si los asuntos de dinero no se mencionan en las historias de caballeros, “no por eso se había de creer que no los trujeron”).

Digo lo anterior para hacer las primeras cuentas de don Quijote.

Comencemos con el pasaje en el que un pastorcillo llamado Andrés es azotado por un labrador (Juan Haldudo), como castigo por el descuido de perder sus ovejas, pero también por la demanda del muchacho de recibir su paga. Andrés dice que Juan Haldudo le debe 63 reales, correspondientes a nueve meses de trabajo (menos tres pares de zapatos y un real de tres sangrías que tuvieron que hacerle cuando estuvo enfermo, pero estas menguas no las consideraremos, porque bien advierte don Quijote que tales gastos ya fueron pagados con azotes).

Entonces, veamos: a Andrés se le paga 7 reales por mes (238 maravedíes), es decir un cuarto de real al día. Con cuatro días de trabajo, puede comprarse una hogaza de pan, 450 gramos de carne o media gallina.

Si hacemos caso a la información que nos proporciona la hermosa página de Villar de Cañas (www.villardecanas.es) sobre la situación socioeconómica del siglo XVI, podemos decir que, con lo que debe Juan Haldudo al pastorcillo, éste podría hacerse de un cerdo y nueve gallinas.

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Capítulo III

Feliciano de Silva

“…y, de todos (los libros de caballerías), ninguno le parecía tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas le parecían de perlas…”

No sabemos con certidumbre cuándo nació Feliciano de Silva (los biógrafos van desde 1480 hasta 1492), pero sí tenemos certeza de su muerte: 1554, es decir, cuando el niño Miguel de Cervantes cuenta con apenas ocho años de edad. También sabemos que llegó a este mundo y se fue de él en Ciudad Rodrigo, municipio de Salamanca. Participó en la conquista de Perú y fue protector del Inca Garcilaso de la Vega.

El motivo del gozo que nuestro héroe manchego experimenta con la lectura de Feliciano de Silva, es el mismo que sirve a otros para criticar a este autor. Sin embargo y a diferencia de la mayoría de los estudiosos del Quijote, yo me resisto a aceptar como cierto que Cervantes descalifica al autor de Lisuarte de Grecia, porque placer quijotesco no es necesariamente sarcasmo cervantino, puede tratarse de admiración o al menos de simpatía.

Sea como sea, Feliciano de Silva fue en su tiempo escritor de mucho éxito, al menos en la corte (Ciudad Rodrigo era entonces residencia de la nobleza española). Bueno, con decir que Shakespeare tuvo que haber leído con gusto a Feliciano, al menos su Florisel de Niquea: en Cuento de invierno puso el nombre de Florisel al hijo de Polixenes, rey de Bohemia (pero del Cisne de Avon hablaremos en otro momento, en la bitácora que escribiré sobre él apenas termine la presente).

Las obras conocidas de Feliciano de Silva narran las aventuras de varios personajes caballerescos, como Lisuarte de Grecia, Florisel de Niquea, Don Rogel de Grecia y Amadís de Grecia. Escribió, además, la llamada Segunda Celestina.

 

 

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Capítulo II

Orgulloso y satisfecho de su flaco rocín, el hidalgo enloquecido tarda cuatro días en encontrar el nombre conveniente: Rocinante. Y es aquí donde vale recordar a uno de los viejos admiradores de Cervantes: el irlandés Laurence Sterne, en cuya genial Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (escrito entre 1759 y 1767) dibuja un caballo semejante: el del párroco Yorick, quien nunca apareció montado en cosa mejor que un escuálido y triste jamelgo (que) podía ser hermano de Rocinante (pero el jaco de Yorick era, además, asmático).

De Rocinante, Tristram dice que es honra y prez de todos los caballos españoles, gruesos o flacos. Transcribo completo un párrafo del décimo capitulo de la novela de Sterne:

"Ya sé que el caballo del héroe era un caballo de casto porte aunque pudo haber dado pie para opinar lo contrario, pero no es menos cierto que la continencia de Rocinante (que puede ponerse de relieve en la aventura de los yangüeses) no se debía a ningún defecto corporal o causa semejante, sino a la templanza y ordenado ardor de su sangre. Y permítame que le diga, señora, que mucha de la mejor castidad que existe en el mundo no permite mejores alegatos en su favor que los hechos a favor de tal caballo."

Aprovecho para añadir una curiosidad que acabo de encontrar en Sobre la lectura y los libros, de Arthur Shopenhauer: para el filósofo alemán, las cuatro más grandes novelas de toda la historia son Julia o la nueva Eloísa, de Rousseau; Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe; Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy y El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Esto, cuidado, no es dogma de fe. Toda lista es dolorosamente excluyente y está limitada por la fugacidad de nuestra vida:  Shopenhauer muere en 1860, así que no tuvo la fortuna de leer la prodigiosa novelística de la segunda mitad del siglo XIX y de todo el siglo XX: Los miserables, La guerra y la paz, Crimen y castigo, El vientre de París, Ana Karenina, Los hermanos Karamazov, La muerte de Iván Illich, El corazón de las tinieblas, Ulises, Opus nigrum, Pedro Páramo, Cien años de soledad, La montaña mágica, Nadja, Rayuela, El maestro y Margarita… Sin embargo, admitamos que la elección de Shopenhauer es atinada.

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Capítulo I

Una de las escenas de 1963 que se conserva indeleble en mi memoria es aquella en la que Gerardo y yo, a punto de cumplir ocho años de edad, estamos tirados boca abajo, sobre la alfombra gris de la sala. Junto a nosotros, elegante y sobrio, el Philips monoaural suelta de su bocina la voz infantil de Marisol en Un rayo de luz (es de color rojo el acetato que gira sobre el plato de fieltro, y sobre el disco se posa el brazo de hueso con aguja de diamante). Frente a nuestros ojos, abierto en alguna de sus páginas, está el álbum de Don Quijote de la Mancha, que Chocolates Larín acaba de lanzar. Después de nuestros insistentes ruegos, hemos conseguido que papá nos adelante el domingo. Y ya tenemos ahí dos tinlarines y tres almonrices: las estampas se encuentran entre la envoltura exterior y el papel de estaño que protege las barras de chocolate, así que debemos extraer los cromos con mucho cuidado, para evitar que se rompan.

No sé ahora, pero en aquella época los niños coleccionábamos álbumes, intercambiábamos estampas en la escuela y jugábamos tapados con las repetidas. La joya más preciada era siempre la uno, es decir, la primera estampa, la que iniciaba el cuaderno. ¡Era prácticamente inconseguible, nunca salía!

Años más tarde, en 1968, con el recuerdo imborrable del álbum infantil e intrigado por la historia del Quijote, decidí abrir el ejemplar de la casa: una joya, la hermosa edición de Aguilar en papel Biblia. No era sólo el Quijote sino las obras completas de Cervantes.

Leí las aventuras del ingenioso hidalgo junto a mi padre, al caer la tarde, mientras él hacía planos en su restirador (era ingeniero civil y trabajaba en la construcción de puentes federales), porque su cercanía me permitía hacer preguntas, cuyas respuestas salían de su propio amor por los libros y de su vasto conocimiento; o, en su defecto, los dos acudíamos a otros libros para resolver nuestras dudas.

Volví al Quijote en 1978, y fue como encontrarme por vez primera con esta maravilla eterna. Y luego, en 2011, con ganas de agradecer a mi padre muchas cosas (¡tantas cosas, la vida entera!), regresé a sus páginas para leerlo en voz alta ante la presencia de ese hombre que fue y sigue siendo el árbol mayor de toda mi existencia. A la hora del desayuno o de la merienda, acompañado de mi sobrina Elisa, leí muchos capítulos frente a la silenciosa paz del dios mayor. Eso, digo, sucedía en la cocina, porque a media tarde, y ya en la recámara de mi padre, leíamos las Aventuras del Barón de Münchhausen, en la versión de Rodolfo Erico Raspe lanzada en 1967 por Ediciones Marte (Barcelona).

Ahora, con diez años más que el Quijote en los tiempos de sus andanzas, decido escribir esta bitácora, cuyo título hace referencia a uno de los primeros sueños de nuestro héroe: vencer al señor de la ínsula Malindrania para que, derribado, vencido y rendido, el gigante vaya y se presente ante Dulcinea del Toboso, quien dispondrá de él a su talante.

No será esta bitácora un estudio académico ni tampoco más, pero sí, acaso, mucho menos: la humilde y amorosa ofrenda de un pobre deletreador que encuentra felices semejanzas entre su propio padre y el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Vayan, pues, estos garabatos al pie del altar mayor –que es, además, fuente principal e inagotable- de la lengua española, cuatrocientos años después de la muerte física de su autor, Miguel de Cervantes Saavedra, Príncipe de los Ingenios y Regocijo de las Musas.

Miguel de Cervantes Saavedra –genio de la misma estatura de Shakespeare, como afirma acertadamente Víctor Hugo- muere, a los 68 años de edad, el 23 de abril de 1616.

   

   

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Quién soy

 

Nací, junto con mi hermano Gerardo, el 23 de octubre de 1955. Mis padres son Agustín Aguilar Rodríguez y María de la Luz Tagle Osorio. Además de Gerardo, tengo otros seis hermanos: Concepción, Luz Elena, Teresa, Beatriz, José Luis y Juan Carlos. Mis sobrinos son María José, Luz Elena, Alejandro, Gerardo, Alejandra, Emilia Elena, Patricia Adriana, Elisa Andrea, Susana y Fernanda. Mis sobrinos nietos se llaman José Andrés, Regina, Víctor Xavier, José Agustín, Emiliano, Mateo, Renata, Emma Sofía, Valentina y Ricardo. Mis cuñados son José González, Jorge Videgaray, María Eugenia Sámano (a la que considero también hermana y amiga), Carlos Íñigo, Lidia Salazar y Nanet Guerrero. Mis sobrinos políticos, todos queridos, son Andrés Cervantes, Jovic Preciado, Hugo Ruiz Orbe, Irving Nieto y Jean-Marie Legaud. Leo, escucho música, como, bebo, veo películas, escribo y me reúno con mis amigos, que se cuentan con los dedos de una mano. Me he enamorado dos veces. Fuera de México, conozco La Habana, París y Londres. Estoy a punto de terminar mi libro Cómo freír espárragos.